Yo Pecador

Probablemente, una de las tareas más difíciles que los seres humanos tenemos, sea la de aceptar y reconocer nuestros  pecados,  aunque algunas veces queramos llamarlos “errores”. Hemos sido creados con el don de discernimiento entre lo bueno y lo malo, más allá de la bizantina discusión de la existencia del bien y del mal, sabemos sin  que sea relevante nuestra ascendencia ni lugar de origen, la inevitable realidad de que todo hombre sobre la tierra, sin importar las categorías asignadas, discierne perfectamente lo que está bien de lo que está mal, en el marco de su relacionamiento social. El Apóstol elegido, presenta el tema de la siguiente manera;

Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan  ley,  son  ley  para  sí  mismos,  mostrando  la  obra  de  la  ley  escrita  en  sus  corazones,  dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos, (Romanos 2.14-15)

Refiriéndose  al  mismo  tema,  nuestro  Señor  Jesús  presenta  el  tema,  de  la  siguiente manera:

El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo  bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca. (Lucas 6.45)

La necesidad de una legislación  reguladora  de  relacionamiento en sociedad, hace que el hombre se apegue a una Ley que ordene sus pensamientos y conducta.  Ante ésta realidad, el individuo  en el diario vivir,  está en la eventualidad de transgredir la norma y recibir a cambio una sanción.  Con el propósito de ofrecer un marco razonable, digno y seguro,  establece  mecanismos  que  están  diseñados  para  obligar  a  las  personas  a ajustarse a la norma. La sociedad provee una amplia variedad de “normas” y “sanciones” destinadas a la preservación del orden, de la paz y de la convivencia pacífica.

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