Jesús el Cristo

Hablar de nuestro Señor, es hablar del Amor hecho Verbo y el Verbo hecho hombre y el hombre Salvación. La boca se llena de tal dulzura que nuestro ser íntegro se impregna de la paz del Señor.

Nos damos cuenta que nuestro vocabulario es tan pobre y estrecho, cuando deseamos referirnos a nuestro Hacedor, aun nuestros sentimientos no son capaces de expresar el gozo que infunde en nuestras vidas la presencia del Señor.

No existe en el universo una historia más bella, tierna y llena del más profundo amor que la que habla de nuestro Creador y Salvador Jesús el Cristo quien, en las profundidades del tiempo, un día imaginó y planeó la Creación que incluye las complejidades insondables del universo, las leyes que la rigen de las que el hombre quizás conoce un pedacito de la punta del iceberg y ni que decir de la extrema complejidad del hombre, obra culmine, que señalan una creatividad maravillosa y maestra del Señor, espectáculo que arranca de los labios del rey sabio lo siguiente; Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, La luna y las estrellas que tú formaste, Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, Y el hijo del hombre, para que lo visites? (Salmos 8.3-4)

El recorrido del nombre de nuestro Creador y Salvador está inmerso en el bello texto del Apóstol Pablo: 1 Timoteo 3.16 E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, Justificado en el Espíritu, Visto de los ángeles, Predicado a los gentiles, Creído en el mundo, Recibido arriba en gloria. Tal vez deberíamos conocer al texto como el “círculo de la piedad”, pues inicia el texto anotando aquel hermoso y gran misterio de ésa piedad que se revela cuando se pronuncia la siguiente bendición: Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna. (Juan 3.16) no me cansaré de bendecirte Buen Jesús y mi boca tampoco de alabarte porque eres Padre de la Misericordia, Rey, Señor y Redentor nuestro, toda criatura te alabe por siempre porque tuyo es el reino, el poder y la honra y la gloria por los siglos de los siglos, amén. Y así nuestro Dios asume la forma humana cumpliendo su promesa dicha en Edén, es bautizado contemplado por los ángeles y el motivo central de la predicación de los hijos de Dios que coadyuvan en la labor de expandir el Evangelio de salvación y no hay lugar en el mundo donde su nombre no sea conocido, para finalmente ascender a los cielos con ésa poderosa declaración: …Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. (Mateo 28.18)

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